La Semana Santa de Elda vive sus días grandes, pero su configuración actual es relativamente joven en comparación con otras tradiciones de la provincia. En La Ventana del Vinalopó, el cronista oficial de la ciudad, Gabriel Segura, ha explicado que la estructura procesional tal y como la conocemos hoy tiene apenas un siglo de vida, concretamente desde 1929.
Durante la conversación, Segura ha subrayado una distinción cultural fundamental que explica la idiosincrasia eldense: «No somos tierra de Semana Santa, somos tierra de Pascua. Aquí la Pascua se le daba mucha más importancia que a la Semana Santa frente a territorios como Castilla. A los mediterráneos no nos gusta celebrar las muertes y las penas; nos gusta celebrar la alegría de la resurrección, la gloria».
Este giro hacia las procesiones de Pasión se consolidó a partir de los años 20 debido a la regularización de los horarios laborales y las vacaciones escolares, que impusieron el modelo centralista castellano. Esto provocó el declive de las tradiciones de «ir de mona» a parajes como El Chorrillo o la Tía Gervasia. «Las circunstancias han cambiado y eso ha llevado a perder esas tradiciones tan eldenses, tan arraigadas en Elda», ha lamentado el cronista.
La historia de la Semana Santa eldense no ha sido lineal. Segura recuerda los momentos de parálisis, como la prohibición de 1936 por el clima político o el vacío de 1939. «En Elda no había ni templos ni imágenes con las que celebrar la Semana Santa. Es en 1940 cuando se recupera de nuevo».
Tras un largo hiato que comenzó en 1972 por la escasa participación, no fue hasta 1988 cuando la fiesta se recuperó de forma ininterrumpida hasta la actualidad.
Sobre el futuro de la celebración, Gabriel Segura se muestra analítico respecto a la falta de jóvenes en algunas hermandades. Para el cronista, el peligro es que se perciban como celebraciones «ancladas en el pasado» que no resulten atractivas para las nuevas generaciones.
Sin embargo, ve una oportunidad en el despertar de los valores sociales: «Será en las cofradías donde los jóvenes encuentren esos valores de compañerismo y de solidaridad que marcan la doctrina cristiana: el querer al prójimo, el perdonar y el ser solidario».
