Las tiendas de barrio, las tiendas de «toda la vida» siguen formando parte del paisaje urbano y social de Elda. En la avenida Chapí, el supermercado Dorimar encadena ya cerca de 50 años de historia. María del Mar de Lozano Espinosa representa la tercera generación al frente del negocio familiar. «Vienen muchas personas que quieren el trato cara a cara», explica. La mayoría de su clientela es gente mayor, aunque también acuden jóvenes y niños del barrio. El servicio, el asesoramiento, y en muchos casos, el reparto a domicilio marcan la diferencia. «Tú imagínate un barrio sin tiendas, todo cerrado. Por lo menos damos un poco de vida».
En el casco antiguo, la tienda Gama abrió en 1969 y hoy la regenta José Martín Vergara Rico, también tercera generación. Reconoce que las obras en la zona han afectado a las ventas en 2025, pero mantiene una clientela fiel. «Somos los propietarios los que damos la cara», señala. Frente a las grandes superficies y el comercio online, apuesta por la cercanía, la calidad y un servicio adaptado, especialmente para personas mayores que necesitan que les lleven la compra a casa. Eso sí, admite que el relevo generacional es incierto: «Hay que trabajar mucho para mantenerlo».
Más allá de la actividad comercial, las tiendas de proximidad forman parte de la memoria colectiva. María José, vecina del barrio de La Estación, recuerda los ultramarinos de Paco, la panadería de Pepe e Isa o la pastelería Santana, donde comprar una ensaimada era el ritual de los viernes. En las casas de Emérito Maestre, Verónica evoca el «carrico de Jero», que vendía desde aceite hasta coleccionables, y las antiguas droguerías del centro.
En San Francisco de Sales, Nuria rememora la droguería de Antoñita, los puestos a granel del mercado o la carnicería de Nieves. Muchos de aquellos negocios han cambiado de manos, otros han desaparecido, pero todos forman parte de una red de comercio de cercanía que durante décadas dio identidad y cohesión a los barrios de Elda.
